VÍCTOR A. GÓMEZ. MÁLAGA
«El día que yo me muera que me echen
3 en 1 porque yo me quiero ir sin hacer ruido ninguno». Lo
declaró en una entrevista a Pepe Zapata no hace mucho Rockberto,
el cantante de Tabletom; uno de esos chispazos de genio que
argumentan por qué tanta pasión y devoción por la figura de un
espíritu libre, destartalado, irresponsable y surrealista para
muchos. Pero ayer murió e hizo mucho ruido. La Málaga libérrima
–libertaria, dirán algunos– y la subterránea, la que sale de
noche y se oculta del sol, la excéntrica y la desastrada, la
jipi y la pirata, se ha quedado sin su profeta. El vocalista
falleció a los 60 años la madrugada del sábado en el Hospital
Clínico tras varias semanas de lucha contra unos severos
problemas respiratorios pero, en el fondo, contra una vida de
libertad y sin retrovisor, la que él mismo siempre quiso llevar
y la que le inspiró unas coplas, como a él le gustaba llamar a
sus canciones, que siempre, quizás ahora más que nunca, han
estado en las nubes.
Y eso que parecía que iba a salir de ésta: la semana pasada,
Rockberto abandonó la Unidad de Cuidados Intensivos y no dejaba
de pedirles cigarritos a todos los amigos que le visitaban.
Parecía que iba a restablecerse –en la medida de sus
posibilidades: «Roberto siempre ha estado igual de pasao, o sea,
hecho polvo», resumió una vez Perico, uno de los dos hermanos
Ramírez que han tratado de mantener en pie musical y
personalmente al cantante durante más de tres décadas–, como lo
logró tras otro susto por su salud hace dos años. Pero no ha
sido así.
Esencia
Roberto González Vázquez ponía en su
DNI. Nació en la calle Cotrina, en el malagueñísimo barrio de La
Trinidad, y desde siempre fue a la suya, hasta convertirse, como
gustaba de definirse, en «un poeta que no sabe escribir y un
músico que no sabe de música», alma de un grupo que lo mismo
hacía un homenaje a Emilio El Moro que trufaba sus partituras de
pasajes instrumentales de rock progresivo o freak, tipo King
Crimson y Zappa. Rockberto se pasó buena parte de los 70
viviendo en una comuna, donde aprendió las lecciones que pondría
en práctica el resto de su vida. ¿El último hippy, como le están
llamando algunos? Puede ser: «No compren el disco de Tabletom,
que lo pirateen. No hay en el mundo dinero para comprar los
quereres ni el arte verdadero. Nosotros damos el arte y tú ya me
corresponderás con lo que puedas, con una barra de pan si eres
panadero, por ejemplo», respondió una vez a un periodista
jerezano –por cierto, el reportero le pidió un saludo para
Jerez, y Rockberto improvisó: «Un saludo para Jerez, porque yo
tengo los riñones al jerez, y no me los pongo del revés, porque
no puede ser»–. Por eso, muchos recordaban ayer cómo el cantante
a veces pedía «buchitos» de cerveza a los que daban cuenta de
una birra en un parque. Así veía él la vida.
Y quizás también por eso nunca llegó al éxito absoluto y se
quedó con el prestigio y la devoción que se les profesa a los
talentos casi secretos. Especialmente en su ciudad, porque muy
pocas veces una banda, una persona, resume la esencia de una
ciudad y de sus habitantes. Pero Rockberto y sus Tabletom lo
hicieron, porque como ellos, muy pocos; aunque parecidos,
bastantes: Extremoduro o Marea, entre muchos grupos que se
acercaron al culto de Tabletom para terminar facturando carreras
más provechosas en lo comercial, son discípulos rockbertianos
hasta la médula.
Pero los de Málaga siempre caminaron en su propia acera:
empezaron, bajo el amparo del productor Ricardo Pachón, grabando
en los estudios donde registraban Julio Iglesias o Rocío Jurado,
para terminar, por no hacer concesiones... «Sin comernos un
rosco, musicalmente hablando. Parece que somos muy famosos y en
realidad... Siempre estamos luchando para poder tocar en
Málaga», resumió Perico para La Opinión hace unos años, con
motivo del trigésimo aniversario de la banda. Aunque Rockberto
siempre lo vio de otra forma: «¿El mejor recuerdo de la historia
de Tabletom? Pues cuando tú estás muy bien, todo suena muy bien
y la gente está muy bien y se pone muy bien. Como ha habido
momentos de ésos digo que hemos conquistado el mundo, pero desde
Málaga».
Es una lástima que el vocalista no haya podido asistir al
macrohomenaje que se le estaba preparando. Por un lado, el 4 de
junio tenía previsto ofrecer un concierto con amigos y
colaboraciones –para convertirse en DVD– como inicio de su gira
de despedida; de otro, poco le ha faltado para ver cómo una rue
de Málaga terminará llamándose Calle Tabletom, a propuesta de IU
aprobada en pleno. Y también es una pena que no haya podido
asistir al estreno de Todos somos estrellas, un documental sobre
la banda malagueña a punto de terminar su montaje. Salvador
Marina, uno de los productores, ayer apenas podía hablar: «Este
trabajo ha sido y está siendo algo complicado, porque resumir en
hora y media tantos años de música, tantas personas y con
Rockberto en el centro de ese universo... Lo que queremos es
ofrecer las lecciones de Rockberto, que siempre se tomó las
cosas lejos de la fama y del éxito, que vivió y creó de una
forma muy especial. Perdone, no puedo hablar más, no me puedo
enrollar más». Marina estaba en Parcemasa y acababa de ver
y oír a Perico Ramírez tocándole a la guitarra una coplilla a su
difunto amigo y colaborador.